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DIOSES DE BARRO En un momento se escuchó a alguien expresar que los comunicadores somos educadores, no sólo formadores de opinión como alguna vez se especuló. Estoy convencido que somos mucho más que eso; que generamos en los otros, los que nos leen, nos escuchan una relación que se construye junto con la imagen, y ella es para la gran mayoría una referencialidad a la hora de asumir una postura, tomar una decisión.
DIOSES DE BARRO En un momento se escuchó a alguien expresar que los comunicadores somos educadores, no sólo formadores de opinión como alguna vez se especuló. Estoy convencido que somos mucho más que eso; que generamos en los otros, los que nos leen, nos escuchan una relación que se construye junto con la imagen, y ella es para la gran mayoría una referencialidad a la hora de asumir una postura, tomar una decisión. Cuando era pequeño se escuchaba en mi casa, invariablemente, un programa donde el conductor era considerado como, no solamente una buena persona, además inteligente y dispuesto a brindar la ayuda que “los otros” necesitaban. Tal era el convencimiento de ello que, en una oportunidad me encontraba en una encrucijada, no se me ocurrió mejor idea que buscar a éste “comunicador” porque estaba convencido que él me ayudaría… No hace falta mucho para expresar que, primero me miró extrañado y luego intentó deslizar algunas palabras que pretendían oficiar de “consejos”. La respuesta no estaba allí… La imagen no es lo único que se construye en la tarea del comunicador, es cierto y el hecho de considerarnos algo así como “docentes mediáticos”, es una responsabilidad que no podemos soslayar. Provocamos en los receptores de nuestros mensajes, editoriales, discursos, etc. algo que va mucho más allá de las palabras que desparramamos y éstas no pueden estar carentes de la concientización del pseudo diálogo que entablamos con el que está del otro lado. La humanidad a lo largo de la historia ha ido mudando de dioses cotidianos, y cada vez que alguno de ellos no expresa lo que se espera, cambia la dirección de la mirada, del oído y hasta el alma vacía su contenido y lo renueva con la leve esperanza de que “el comunicador” le de otra alternativa para “creer”. Se mezclan también los divismos, las ansias de personajes que andan necesitando la alabanza de los otros; y esos que ambicionan el estrellato confunden el rol y llevan al público al engaño de una imagen prefabricada, la que se había construido para lograr “el reconocimiento”. Porque no les basta solamente con ser conocidos, quieren más. Y en se querer más se transforman, creen transformarse, en ídolos, dioses. Y su imagen va creciendo ante “su público”, porque también se adueñaron de los otros y les ha quitado entidad. Y la sociedad comienza a nutrirse de engaños, de trampas que la conducen a la desolación, al desamparo. Tal vez suene demasiado pesimista al manifestarme con tanta crudeza, pero me es difícil abstraerme de la responsabilidad que me corresponde al ver en mis pares la desmesura, la falta de ética, la carencia de compromiso con la palabra expresada y la no consecución de las acciones con lo discursado. Por supuesto que hay muchos que no responden a esta realidad que estoy tratando y afortunadamente se los pueden encontrar a menudo. Pero la realidad es que ellos no son los que ocupan espacios en “los grandes medios”, éstos están reservados para “el mensaje dirigido y condicionado”; y por supuesto que para esa tarea, bien entrenados están los mercaderes de la palabra. Éstos también se caracterizan por sus acrobacias dialécticas, presumiéndolos “inteligentes” y lo son, al menos para su provecho. Se les suman los oportunistas incondicionados que a través de manejos inconfesables, logran vincularse en los espacios de poder para alcanzar corromper las conciencias, enturbiando las realidades, dibujando inexactitudes y encumbrándose como nuevos dioses señalados por la “coherencia” y la “valentía” que terminan siendo meras simulaciones, actuando “para distraer a la tribuna”. En reiteradas oportunidades me he referido a las mega corporaciones que manejan “las noticias”, también a la irresponsabilidad con la que se conducen y a ello hay que sumar la gratuita complicidad de aquellos “comunicadores” que, como expresé, sólo están detrás del “reconocimiento”. Pero también están mezclados con éstos los “operadores”, los empleados obsecuentes que por migajas venden el compromiso de la palabra. Y la maraña periodística va enredando, mezclando y mareando a la sociedad que está ávida de certezas respecto de las realidades. La confusión y desorientación son tan grandes que hacen falta los oasis comunicacionales que permitan saber y conocer que hay algo un poco mejor a la hora de la elección. Y es allí donde aparecen como remedio los medios alternativos y sus comunicadores. Lejos éstos de ser un placebo, van suplantando los espacios abandonados a la estupidez haciendo que parte de la sociedad recupere la credibilidad, venciendo los cercos que mediáticamente se pretende imponer para impedir se logre “la comunicación”. Los lectores, radioescuchas, televidentes que, desprevenidamente han sido objeto de un sistema perverso para alcanzar la “descomunicación”, tienen las rendijas por donde se cuelan las alternativas de una “comunicación posible”. Es allí donde deben (o pueden si quieren, para no parecer autoritario e imperativo) dirigir la mirada, el oído, el intelecto. Por supuesto que siempre con mucha atención, porque de tanto en tanto suelen deslizarse aquellos falsos dioses, los que terminan derritiéndose en su mismo miserable barro. Norberto Ganci El Club de la Pluma
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